Che Guevara vs la OTAN y sus guerras: se nos olvida quiénes son los malos


BC14YK Socialist billboard with a quote from Che Guevara. TODA NUESTRA ACCION ES UN GRITO DE GUERRA CONTRA IMPERIALISMO...CHE. Cuba

La OTAN. Esa organización terrorista que EEUU y otros países utilizan para afianzar su dominio del planeta y sus pueblos mediante guerras, bombardeos, invasiones, amenazas y chantajes. Si algún gobierno se resiste demasiado al FMI o el Banco Mundial, si se niega a cumplir lo que le exigen las superpotencias, la OTAN puede entrar en escena.

Esto lo sabíamos de toda la vida. Pero parece que se nos olvida. Desde hace un par de décadas, buena parte de la “izquierda” ha caído en la trampa del capital y habla de “intervenciones humanitarias” o de “combate al terrorismo”. Entra en el debate de discutir si es oportuno o no invadir un país para implantar una “democracia”. O pierde de vista que, cuando la OTAN apoya a un bando, deberíamos estar en la trinchera contraria. Porque si esa organización armada persigue algo, no puede ser nada bueno para los pueblos afectados, ni para el conjunto de la humanidad.

Pero nos perdemos en la retórica islamofóbica o en llamar terroristas a los movimientos revolucionarios, nos olvidamos de conflictos anteriores, y de los verdaderos motivos que suelen guiar los bombardeos e invasiones: control de materias primas (antes el opio o las minas, ahora sobre todo el petróleo y gas), derribar regímenes populares o que desarrollan políticas nacionalistas, asegurar el control geopolítico de un territorio estratégico…

Pegatina del NO a la OTAN en el referéndum de 1986

 

Frente a estas reflexiones clásicas, la “nueva izquierda” y algunos movimientos pacifistas presentan un discurso alternativo.

Hay quienes afirman, desde una pretendida superioridad ética e ideológica, que no se pueden defender regímenes que supuestamente vulnerarían DDHH de sus poblaciones, o no son democráticos. También se pueden encontrar opiniones que refuerzan que frente a enemigos terribles (como el Estado Islámico) hay que aplicar soluciones drásticas. Que los buenos, en definitiva, suelen ser los de la OTAN frente a monstruos abyectos que se deben combatir a toda costa. O su versión más remozada: el “ninismo”; ni la OTAN ni los regímenes atacados.

En general, es cierto que podemos ver muchas situaciones complejas, como la guerra de Siria o la Libia de Gadafi. Ni Bashar al Assad ni el «Hermano Líder y Guía de la Revolución» han sido ejemplos modélicos de gobierno. Pero tampoco lo fue Saddam Hussein, y pese a eso las calles se llenaron con millones de personas que tenían claro que la invasión de Irak era una barbarie atroz y que su principal fin era el saqueo del petróleo. Nos opusimos a ella, y el tiempo nos ha dado la razón de una forma tan clara como pocas veces ha ocurrido en la historia. Entonces no nos planteábamos las cuestiones anteriormente referidas; sabíamos que Saddam Hussein era un dictador, que había cometido crímenes contra el pueblo kurdo y que reprimía a sus opositores; también que defendía los intereses de su nación y que había impulsado la educación y los servicios públicos, y que servía de contrapeso regional a Israel. Pero, más allá de ver cuál era el resultado de la balanza de pros y contras, sabíamos que el pueblo irakí iba a pagar las consecuencias de la invasión, y que EEUU, Reino Unido y las multinacionales del petróleo y la agricultura iban a saquearlo.

Por otro lado, pensar que la OTAN lucha contra los “enemigos de la humanidad”, como el Estado Islámico, denota una inocencia (o cinismo) terrible. Fueron los países miembros de la OTAN y sus aliados (especialmente EEUU y Arabia Saudí) quienes potenciaron, armaron y financiaron a las organizaciones terroristas salafistas: de los talibanes de los 80 llegamos a Al-Qaeda y el Estado Islámico con un gran hilo conductor. Pero claro, para justificar sus intervenciones la OTAN dice combatirlos cuando en la práctica las actuaciones de estos grupos benefician ampliamente sus objetivos, especialmente en Siria y el Kurdistán. Olvidamos además las masacres de Irak, Afganistán, Palestina, Libia, Yemen y tantos otros países musulmanes en los que la OTAN ha intervenido. Pero cínicamente se utiliza la islamofobia para justificar cualquier acción colonialista y sangrienta.

¿Y qué decir de América Latina? EEUU ha intervenido en todos y cada uno de los países que la componen de manera siniestra y sangrienta, bien apoyando regímenes crueles y genocidas que en ocasiones se presentan como “democracias”, o bien dando golpes de estado (Chile, Argentina, Paraguay, Honduras…), o bombardeando naciones y creando escuadrones paramilitares como en Nicaragua. Pero eso se nos olvida. El malo era Chávez, y ahora Maduro, y los “medio malos” son los presidentes de Ecuador y Bolivia. De quien apenas se habla es del régimen colombiano, a pesar de su gran importancia económica y geoestratégica y las terribles dimensiones del terrorismo de estado.

En realidad, crear enemigos que aterroricen a la población no es nada nuevo. En la primera guerra mundial, caricaturistas y periodistas estadounidenses retrababan a los alemanes como bestias sangrientas para animar a su población a entrar en guerra. Durante la guerra fría, el gobierno insuflaba el temor al comunismo para convencer a su pueblo de la necesidad de combatirlo en todo el planeta a cualquier coste.

 

 

 

 

 

 

 

 

Durante las décadas que duró la guerra fría, además, la OTAN mantuvo en Europa una operación continuada de guerra contra la respuesta social y política al capitalismo: la conocida como “Operación Gladio”. Básicamente consistió en una guerra sucia contra los movimientos revolucionarios, que incluyó asesinatos y atentados de bandera falsa para criminalizar a quienes se encontraban a la izquierda de la socialdemocracia. El propio parlamento europeo condenó este operativo en 1990, tras las investigaciones realizadas en Italia.

Dividir a las poblaciones locales tampoco es nada nuevo. EEUU enfrentó sistemáticamente a suníes y chiítas entre sí en Irak, pero esta experiencia es antigua. El propio Reino de España reclutaba efectivos militares entre la población rifeña para enfrentarlos a los seguidores de Abd el-Krim, mientras utilizaba gas mostaza sobre población civil. Durante el colonialismo británico, el imperio victoriano utilizaba a tribus contra tribus en África y reclutaba zipayos que reprimían a la población en la India y Pakistán. Lo que sí ha sido novedoso ha sido la habilidad demostrada en utilizar a las clases medias y sectores juveniles (incluso con estética rupturista o contestaria) para desestabilizar la antigua Yugoslavia, Venezuela o Cuba, entre otros países, con menor o mayor éxito. Y la estrategia del “golpe blando”, en la que los militares tienen un papel secundario y aparentemente hay una rebelión “popular” que derriba un régimen “ilegítimo”.

Es decir, que los países imperialistas, en el fondo, no han cambiado en su estrategia; simplemente la han refinado. Su gran logro, en realidad, es convencer a la “izquierda” o a la gente que se preocupa por los DDHH de que la OTAN los defiende de sus enemigos y de que lucha por la democracia. Y de que confundamos a fanáticos o fascistas con las organizaciones populares que se defienden de una agresión y luchan por una sociedad más justa. Han conseguido dar la vuelta a las cosas: los talibanes en los 80 eran gente que luchaba por la libertad, con el apoyo de miles de Rambos.

Mensaje final de Rambo III, censurado después del 11-S.

 

Los “rebeldes” sirios, incluso los salafistas, también, hasta que les interesó distinguir entre el Estado Islámico y el Frente Al-Nusra. La contra nicaragüense, pese a descuartizar y degollar a miles de civiles desarmados, también, porque luchaban contra el peligro comunista. Sin embargo, las guerrillas latinoamericanas ahora son narcoterroristas y las milicias populares de Hamás y Hizbulá también aparecen en la lista de enemigos de la UE y EEUU, y como tal son difamadas en la prensa de manera sistemática. No es que haya doble rasero, es que nos toman por gilipollas… y no se equivocan.

Este éxito sólo se explica por la cobardía política de buena parte de la izquierda, que parece que no quiere enfrentarse al poder mediático ni ser tachada de “extremista” o “radical”. Porque decir la verdad en medio de tanto tertuliano bien pagado por los partidos políticos y sus fundaciones hace parecer que alguien lo sea. La caterva mediática miente más que habla, y como en el fondo la práctica totalidad de los opinólogos que aparecen en los medios defienden los intereses del capital occidental, estar en contra de la OTAN y sus intervenciones no queda bien en un plató de televisión.

¿Y qué decir de la defensa de la lucha armada frente a un enemigo invasor, que además está amparada por la legalidad internacional? Por supuesto, eso no encaja y queda muy feo en el discurso de la nueva izquierda. Seguramente condenarían la guerra de guerrillas frente al invasor napoleónico, o llamarían terroristas a la resistencia contra el nazismo en Francia. O llamarían asesino al Che Guevara.

Pero la cosa no queda ahí. Imaginen que el gobierno de Allende hubiera podido abortar el golpe de estado de Pinochet, y que después lo hubiera juzgado. Pues la nueva izquierda a buen seguro hubiera cedido a las presiones de EEUU y sus aliados mediáticos, y hubiera dicho que se estarían violando sus DDHH y que debería ser liberado. Además hubiera cargado contra Allende por mal gobernante y tirano. Aunque conocieran perfectamente la realidad de los hechos, no se hubieran atrevido a decir lo que piensan.

¿Por qué digo esto? Pues porque amplios sectores de esa “nueva izquierda” han hecho exactamente lo mismo con Venezuela. Como la prensa, al servicio de la derecha y las multinacionales españolas y estadounidenses, lleva quince años demonizando la Revolución Bolivariana, esa nueva izquierda no ha aguantado la presión. Varios de sus líderes políticos y decenas de cargos electos han defendido a golpistas y fascistas que bañaron de sangre las calles del país y cuyo fin confeso era “la salida” del gobierno. Su principal recurso: la violencia contra los servicios públicos y los militantes revolucionarios, apoyados por esa prensa tan hipócrita que habla de Derechos Humanos. La palma se la lleva Manuela Carmena, que ha defendido activamente (junto con Aznar, Cifuentes y otros personajes de la derecha española, y también Felipe González) a mafiosos involucrados en el blanqueo de capitales y relacionados con narcotraficantes y paramilitares.

Los concejales de Ahora Madrid, ansiosos por dejar claro que apoyan a los golpistas venezolanos y piden su libertad. Aun así el PP no estaba contento y criticó a los concejales que votaron en contra.

 

Pues bien, con esa “nueva izquierda” los estrategas de la OTAN no tienen ninguna preocupación. Han conseguido colonizar el gobierno griego, provocar una guerra civil en Ucrania, devastar Irak y Siria, atacar al pueblo kurdo… y casi nadie ha alzado la voz de manera contundente. Sus planes no encuentran oposición. Nadie habla de salir de la OTAN.

Y, sin embargo, la humanidad necesita pararle los pies. Detrás de estos conflictos vendrán otros; la amenaza de golpe o invasión a Venezuela es constante; el equilibrio con Irán es inestable porque si Israel tensa la cuerda la OTAN lo apoyará; el pueblo palestino sigue desangrándose, México sigue siendo un protectorado, Yemen también está convertido en un campo de batalla… y cada guerra nos degrada como sociedad y nos aleja más y más de una convivencia pacífica entre los pueblos. Pero no porque esos pueblos se rebelen y tomen las armas; no porque se resistan al invasor; si no porque la izquierda blanca europea se sienta en su sillón y los juzga y condena como fanáticos, confundida o apoltronada, sin querer mojarse, jugando al oportunismo y a llevarse bien con el enemigo mediático. Veremos qué pasa si algún día tienen responsabilidades de gobierno; o bien ceden y tienen la misma política que el PSOE en 1982 o bien utilizarán contra ellos las mismas estrategias que contra Grecia o Venezuela.

Así que, ante todo, deberíamos volver a recordar dos cosas. La primera, que resistir es un derecho, y casi un deber. Si alguien tiene miedo se puede entender que no quiera luchar, pero jamás que criminalice al resto, ni en la protesta social ni en la defensa frente a una invasión.  Y la segunda, que si justificamos una agresión a un pueblo, o permanecemos callados, seremos cómplices; si algún día nos toca defendernos, lo tendremos más difícil, pues habremos predicado durante años que hay que ser mansos y caerle bien a la prensa capitalista. Ser víctima mola; luchar no.

Así que las gentes de “izquierda” deberíamos tenerlo claro: entre el Che Guevara y los movimientos revolucionarios, y la OTAN y sus aliados, quedarnos con los primeros. Ni hacer el ni-ni ni ponernos a divagar en voz alta sobre nuestras dudas o críticas. Aunque las tengamos.

 

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