El perfil fascista de la violencia “opositora” en #Venezuela


La prensa corporativa (especialmente la española) nos bombardea continuamente con titulares y embrollos, que no noticias, sobre la violencia en Venezuela. No es posible realizar un análisis racional y profundo a partir de la “información” que nos ofrecen El País, El Mundo, ABC, Atresmedia… ni mucho menos la RTVE controlada por Rajoy.

La matriz de opinión que pretenden implementar estos medios es la de un gobierno autoritario-dictatorial que reprime a una oposición pacífica. Por otro lado, algun@s opositores lanzan en las redes sociales guiños a la izquierda antisistema europea, pretendiendo que las y los “opositores” encapuchados luchan por sus derechos al estilo black block anticapitalista… y lamentan la “represión” con manipulaciones terribles.

Pero nada más lejos de la realidad. La violencia opositora en Venezuela tiene un perfil fascista, de lucha de clases desde la óptica de la burguesía. Hablamos de bandas paramilitares que amedrentan a pequeños comerciantes y asesinan campesin@s que reclaman tierras, de sicarios que asesinan a militantes chavistas y sindicalistas, de encapuchad@s que queman vivas a personas o ponen alambres para decapitar motoristas. Todos ellos atentan contra servicios públicos sanitarios, guarderías o edificios institucionales. Buscan derrotar al movimiento popular y devolver al poder a los representantes políticos de la oligarquía tradicional.

Lo explicamos repasando brevemente los principales episodios de violencia política.

 

2002: el golpe de estado

 

Según el presidente Chávez fue impulsando las “misiones” (programas sociales desarrollados conjuntamente con las organizaciones populares) fue incrementando el rechazo de la oligarquía al cambio político iniciado en 1998. La derecha no podía tolerar el empoderamiento de un pueblo: su alfabetización, sanidad y educación públicas y, sobre todo, la conciencia de clase y la democracia activa y participativa.

Además, EEUU y sus socios europeos también veían con alarma cómo Venezuela se posicionaba contra las intervenciones militares del imperio y renacionalizaba el petróleo. Y así, decidieron gestar un golpe de estado. Que, si bien fracasó, se llevó por delante la vida de 19 personas, cometiendo graves atropellos:

En ese momento comenzó una campaña de odio contra todos los servicios públicos que beneficiaban a las clases populares. En concreto, el personal médico cubano sufre atentados desde entonces, al igual que los Centros de Diagnóstico Integral o la Universidad Bolivariana. Este aspecto es clave: las clases medias y adineradas no utilizan los servicios públicos sino los privados, y ven cómo la juventud humilde estudia y les quita la exclusiva de ocupar puestos de trabajo cualificados. Los pobres no deberían tener derecho a este protagonismo, según su óptica clasista. Todo está bien narrado en el conocido documental “La revolución no será televisada” (pinchar en la imagen).

 

 

La llegada del paramilitarismo y terrorismo

 

La oposición ve cómo fracasa su intentona golpista, y que el pueblo respondía en las calles para defender al gobierno bolivariano. El chavismo sigue ganando elecciones. La oposición y sus aliados internacionales deciden cambiar su estrategia. En lugar de la táctica cortoplacista del golpe clásico, inician el desgaste, aunque nunca renuncian a la desestabilización mediante la violencia. En 2003, un comando dirigido por un militar en activo detonó bombas con C4 en las embajadas española y colombiana; después huyó a EEUU, donde recibió asilo político y se ha convertido en un peón que activan de cuando en cuando para lanzar proclamas golpistas. Está acompañado de otros terroristas, corruptos y golpistas latinoamericanos que residen mayoritariamente en Florida.

Realizan campañas periódicas de desabastecimiento, ya que controlan las cadenas distribuidoras y productoras. Sabotean las instalaciones eléctricas, dejando sin luz a los barrios. Continúan los ataques a servicios sanitarios y comienzan los asesinatos selectivos de militantes, políticos y militares leales al proceso revolucionario. Además, no dejan de intentar de vez en cuando algún magnicidio, como cuando un terrateniente acogió en su finca a un nutrido grupo de paramilitares que pretendían infiltrarse en Caracas y asesinar a Chávez. O cuando pusieron una bomba en el coche del fiscal que investigaba el golpe de estado, Danilo Anderson. O como cuando asesinaron a Robert Serra, el diputado revolucionario más joven de la historia de Venezuela.

Hemos hablado ya de la relación del paramilitarismo colombiano con la oligarquía venezolana y el contrabando. Pues bien, a esto hay que sumar el asesinato premeditado de campesin@s que reclamaban tierras apropiadas ilegalmente por los terratenientes. El movimiento nacional campesino Ezequiel Zamora ha puesto muchos muertos en esta lucha por la redistribución de la tierra, al igual que el movimiento indígena.

Igualmente, con el fin de crear zozobra, se cometieron atentados contra instituciones públicas o extranjeras, como las embajadas española y colombiana. Muchos de los responsables huyeron a EEUU, donde viven refugiados fingiendo ser “perseguidos políticos” y recibiendo subvenciones del gobierno norteamericano, que los usa de vez en cuando para hacer declaraciones contra Venezuela.

Esta espiral de violencia que se viene gestando desde 2002 se incrementó notablemente desde la muerte de Chávez; la oposición y EEUU creyeron que era el momento de ir a por todas y poner en marcha su táctica del golpe suave, ensayada en Serbia y repúblicas postsoviéticas. Para ello cuentan con grupos juveniles de clase media dispuestos a actuar.

 

La arrechera, la salida y la violencia de 2017

 

Tras la muerte de Chávez, que supuso una gran conmoción para las bases del proceso revolucionario, tuvieron lugar nuevas elecciones presidenciales. En ellas el candidato opositor Henrique Capriles fue derrotado por un estrecho margen. Como es habitual en la oposición, no reconoció los resultados, y en una intervención pública retransmitida por todos los medios llamó a sus seguidores a “descargar su arrechera (frustración) en las calles”.

El resultado: 10 personas fueron asesinadas por los seguidores más fanáticos de la oposición. Mientras los chavistas celebraban el triunfo de Maduro, sufrieron diversos ataques. Un camionero arrolló a una multitud. Otros fascistas dispararon armas de fuego. Y también hubo linchamientos a militantes sociales chavistas. Algunos también fueron asesinados por tratar de defender los centros de salud y sedes del PSUV de los ataques de grupos violentos. Las personas detenidas por estos hechos declaraban lo mismo: en el clima de tensión política, habían entendido que Capriles los llamaba a usar la violencia contra los partidarios de Maduro.

 

En 2014, en medio del desabastecimiento, Lepoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma hicieron otro llamado a marchar contra el gobierno. Llamaron a su plan “La Salida”, e instaban a sus seguidores a luchar en las calles hasta que el gobierno cayera. La violencia desatada alcanzó unas magnitudes inusitadas.

Muchos militantes sociales fueron asesinados por sicarios. Las turbas opositoras talaron centenares de árboles para hacer barricadas. Francotiradores asesinaron a varias personas que pretendían retirarlas o cruzarlas. Bloquearon el paso a ambulancias, lo que también ocasionó muertes. Colocaron alambres tensados (guayas) entre farolas que degollaron a varios motoristas. Incendiaron multitud de edificios públicos, incluida la guardería del Ministerio de Vivienda donde se encontraban decenas de hijos e hijas de l@s funcionari@s, que pudieron ser evacuados.

7 policías y Guardias Nacionales fueron asesinados. Puede leerse un informe completo sobre las víctimas mortales en este enlace. Como puede verse, los opositores son una parte minoritaria de los muertos, y algunos de ellos lo fueron en accidentes. También hay que destacar que fueron detenidos y procesados los agentes del orden implicados en ellas, sin dar lugar a la impunidad.

Un conocido general derechista, ya retirado, se atrincheró en su lujosa casa bien armado, al estilo Rambo, al hacerse público un vídeo en el que adiestraba a jóvenes de clase media en guerrilla urbana contra la policía y el gobierno, aconsejándoles sobre cómo cometer los actos violentos antes reseñados. Finalmente se entregó sin violencia.

Y llegamos a 2017. Una sentencia del Tribunal Supremo de Justicia declara en desacato a la Asamblea Nacional por incorporar como diputados a tres personas cuya elección había sido producida mediante sobornos y otras graves irregularidades. En respuesta, la derecha llamó de nuevo a la presión en la calle.

Los actos violentos han sido similares a los de 2014, aunque en esta ocasión, debido al desabastecimiento, han sido más frecuentes los saqueos de comercios. De hecho, buena parte de las muertes se han debido a ello: 8 personas se electrocutaron al asaltar un comercio, y algunos comerciantes han repelido a tiros esos intentos. Pero el odio clasista sigue. Los ataques a servicios públicos continúan, incluyendo el ataque a un Hospital Infantil en el que se tuvo que evacuar a decenas de niñ@s y bebés, por supuesto de clase obrera. En el momento de escribir este post, han fallecido 36 personas. Podemos leer un informe muy completo y objetivo aquí.

Y, por supuesto, los partidos políticos “opositores” no condenan ni lamentan ni rechazan la actividad terrorista de los grupos armados ni los disturbios o daños generados por sus simpatizantes. La derecha pasa de debates morales o consideraciones éticas: sólo condenan los actos de sus enemigos, y con los propios tiran para adelante. Aquí dejamos vídeos que muestran a dirigentes opositores acompañados de sus “muchachos”.

Y aquí un ejemplo de los episodios de la “guarimba” y el cinismo de los dirigentes de la oposición.

Ahora, ante el clima de violencia instalado en Venezuela, conjugado con la amenaza de intervención extranjera, esperamos que no caigamos en simplismos ni en ser pastoreados por los medios de comunicación. La batalla de Venezuela es una de las más importantes en la resistencia al imperialismo. ¿Permitiremos que EEUU destruya un país al que lleva atacando desde hace casi 20 años? ¿Bendeciremos otra Siria, otra Libia?

Los defectos de un proceso revolucionario, por grandes que puedan ser, no deben permitir que toleremos al fascismo. Así que, aunque sea poco mediático y nos lluevan críticas, desde este blog seguiremos sintiéndonos bolivarianos, y apostando por un proceso que ha abierto espacios a la autogestión, el comunalismo y la soberanía popular, con las evidentes contradicciones que todo ello conlleva.

Anterior El cúmulo de vergüenzas del clan Arranz Acinas
Siguiente V Aniversario de la Huerta Colectiva Autogestionada de Capiscol

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *