Historias, personajes y anécdotas curiosas de Gamonal


Gamonal, un barrio obrero de unos 70.000 habitantes que  muchos vecinos y vecinas de Burgos ven como un ente extraño. Antiguos tópicos como “Gamonal huele mal”, “El chándal y la navaja son el uniforme de Gamonal”, y otros del mismo estilo, son prejuicios que a menudo muestran un desprecio clasista.

Sin embargo, no podemos negar que somos un barrio más que peculiar, donde pueden suceder cosas que resultarían improbables en otras zonas de la ciudad. Pasamos a contar unas pocas historias y anécdotas absolutamente reales, recogidas de la manera más fiel posible, que nos ayudan a entender por qué algun@s somos como somos, y por qué otr@s nos ven como nos ven. También describimos a algunas personas del barrio que creemos ilustran algunas contradicciones  que vivimos. Evidentemente se han cambiado los nombres por razones obvias.

El Colegio Las Torres y la clase de gimnasia en la “naturaleza”

Finales de los años 80. El desaparecido colegio de EGB “Las Torres” (hoy Instituto Pintor Luis Sáez, el “sexto”), con un alumnado muy diverso procedente de Barriada Inmaculada, San Bruno, Calle Vitoria, Lavaderos… y unas instalaciones y medios bastante paupérrimos.

El profesor de Educación Física del último ciclo dice a sus alumnos/as que hoy es un día especial: van a dar la clase al aire libre. Cruzan el río Vena y salen a un gigantesco descampado, donde hoy se ubica el barrio de Vistalegre (G3). El profesor indica que todos deben seguirle el ritmo, que él irá el primero y correrán unos diez minutos. Los alumnos y alumnas se miran unos a otros un tanto desconcertados, porque el descampado está lleno de montones de escombros que los constructores llevan años descargando allí, y no hay un camino fácil de seguir.

Unos niños gitanos están sentados en uno de esos montones, compartiendo un cigarrillo. Observan al grupo un tanto divertidos. Cuando pasa uno de los chavales, al que conocen de vista, le dicen de manera más o menos amistosa: “Venga, corre, corre”.

Según van cruzando los montones de ladrillos, cemento y yeso, los rasponazos van salpicando las piernas. Los niños y niñas menos ágiles van acumulando desequilibrios y alguna caída. El profesor se ve obligado a parar varias veces. Al final una chica tiene que pasar por el botiquín. Y es que la peculiar “naturaleza” de Gamonal es un tanto peligrosa. Los niños y niñas de otros coles salían a correr a la Quinta, a Fuentes Blancas o a la Isla, zonas un tanto más idílicas, pero menos surrealistas. Ellos, ellas, se lo perdían.

El curioso concepto de “justicia social” de un futuro aspirante a policía

Mediados de los años 90. Un grupo de amigos se reúne, como cada viernes por la tarde, en la Plaza Santiago. La mayoría tiene entre 16 y 17 años. Es fin de semana, pero algunos no tienen dinero. Sus padres no pueden darles mucho, y algunos se lo han fundido ya. Dos de los chicos dicen que se reunirán con el grupo luego, que ahora van a sacar algo de pasta “a los niños pijos de Regino” (Sáinz de la Maza).

Pasados los años, uno de estos dos chicos anuncia a sus amigos que va a presentarse a las oposiciones de Policía Nacional. Sus amigos le miran un tanto boquiabiertos y le dicen que de qué va, y se ríen. Para tranquilizarles, les promete que si aprueba avisará a los bares del barrio cuando haya redadas “por los porros”. Pero suspende. Qué le vamos a hacer.

El militante superado por sus vecin@s de Eladio Perlado

18 de Agosto de 2005. Tras ver cómo por la mañana la policía imponía a golpe y porrazo la instalación de las obras del temido parking, por la tarde cunde la indignación. Pedro, un vecino relativamente joven, que ha militado en diversas organizaciones sociales y políticas, acude a la asamblea que se ha convocado. Una vez se inician los disturbios, se cree en la obligación de aconsejar a la gente cómo actuar para evitar detenciones absurdas e intentar que todo salga bien. Pero el coraje de sus vecinos y vecinas, y la realidad del barrio, le terminan superando.

En medio del derribo de contenedores, una señora de unos 55 años increpa a todo el mundo. Les recrimina que “están destrozando todo”. Rápidamente, el joven se acerca a hablar con ella, le explica que sólo se está moviendo mobiliario público, que nadie está dañando coches ni portales de los vecinos, que no pasa nada. Teme que el resto del vecindario reaccione de la misma manera por lo “políticamente incorrecto” de los disturbios. Pero no. Se acercan ocho o diez personas entre la cuarentena o cincuentena y le gritan a la mujer que lo que están haciendo es defender al barrio, que si ella es una pelota del alcalde que se suba para casa y no estorbe. El marido de la señora le coge del brazo y ambos entran a su portal bien rápido.

En otro momento, un joven se acerca a dos policías increpándoles, recriminándoles que han pegado a la gente más mayor. Nuestro protagonista de nuevo se cree en la obligación de llevarse al chico, pensando que los policías lo tienen muy fácil para detenerle. Pero los padres del chaval se le adelantan. Le dicen “Hijo, quita de aquí” y se ponen ellos delante dedicando grandes lindezas a los dos policías, diciéndoles cosas mucho más claras que su hijo y a menor distancia. Los policías retroceden y se apartan.

Al ver que sus vecinos y vecinas están actuando de una manera mucho más contundente que él, que siempre ha intentado oponerse al sistema capitalista con todas sus fuerzas, decide pasarse al sabotaje de las obras. Rompe un par de bloques de hormigón. Pero se da cuenta de que nadie está ya en eso: al fondo se ve ardiendo la caseta de obras y multitud de jóvenes y no tan jóvenes están enfrentándose a la policía. De nuevo, se ha quedado atrás.

Pero el jaleo sigue. En un descanso de tantas carreras, piensa en voz alta: “Bueno, a ver cómo trata todo esto mañana el Diario de Burgos”. Un señor bastante mayor, eufórico, le explica que él estuvo luchando contra Méndez Pozo en los 80, que su periódico era basura, que no había que preocuparse lo más mínimo de lo que apareciera escrito en semejante hoja parroquial. En realidad Pedro es perfectamente consciente de todo eso, pero le avergüenza que no lo pareciera y le tomaran por un pusilánime.

Y cuando marcha para casa, después de pasar por el hospital para ver cómo estaba un conocido al que habían apaleado y detenido, le da muchas vueltas a lo que ha sucedido. Centenares de personas con una formación política mucho menor tenían las cosas más claras que él y han actuado de una forma más decidida. Él se ha acostumbrado a las manis por el centro de Burgos viendo el desprecio de quienes llevan abrigos de visón, a las charlas en la Sala Polisón, a las concentraciones en El Espolón sintiéndose observado por la gente facha. Su barrio, está claro, es otra cosa.

La luchadora del FPDT y el vecindario de Eladio Perlado.

Año 2009. Una mujer mexicana, militante del Frente Popular en Defensa del Territorio, visita Burgos en una gira por el estado para explicar la lucha de los y las pobladoras de Atenco contra la construcción de un aeropuerto que suponía la expropiación forzosa y rácana de cientos de terrenos familiares y comunales. Explica que sufrieron una terrible represión por parte de la policía, incluyendo dos asesinatos, 27 violaciones de mujeres, detenciones masivas, torturas…

Sus anfitriones le dicen que antes del acto público de la tarde le enseñarán la ciudad. Ella dice que está encantada de poder hacerlo, y pide que le presenten a los vecinos y vecinas de Eladio Perlado. Ha visto el documental “¿De quién es la calle?” y está muy emocionada por la posibilidad de conocerles. “Ésa es mi gente, así somos en mi tierra”. Y dicho y hecho, y también emocionados, sus anfitriones le llevan a la avenida y organizan un encuentro con varios de los vecinos y vecinas que impidieron la construcción del parking. Una experiencia muy gratificante que sube los ánimos a ambas partes.

La multa de la policía local a los niños del parque Santiago por pintar con tiza.

Un día del año 2010 podía leerse en la web del Ayuntamiento de Burgos que la policía local había llevado a cabo una actuación de “reeducación de menores”. Según parece, unos niños habían pintado con tiza en el suelo de la Plaza Santiago mientras jugaban. Varios agentes les pillaron “con las manos en la masa”, pero en lugar de ponerles sanción hablaron con sus familias para que realizaran trabajos para la comunidad. El ayuntamiento lo presentaba como un ejemplo de actuación policial. Y es que oiga, pintar con tiza no se puede consentir, pero no nos vamos a pasar; los niños de Gamonal tienen que aprender por las buenas.

La policía nacional cubriéndose de gloria en la calle Santiago.

Verano de 2011. Seis de la tarde. Daniel, que padece esquizofrenia, sale de un supermercado muy nervioso. Ha discutido con la cajera, y ella, temiendo sufrir un robo o una agresión, ha llamado a la policía. Miguel, un vecino del barrio que le conoce, ve cómo llegan dos coches de la policía nacional y se dirigen hacia él. Para a los policías y les explica los problemas del joven, y se ofrece a mediar para tranquilizarle. Los policías aceptan. Pero Daniel se da media vuelta y dice que le dejen en paz. Los policías le tiran al suelo y uno de ellos le clava la rodilla en la espalda para sujetarle, mientras otro le pone unas abrazaderas en las muñecas. Daniel empieza a chillar gritando que le duele, y Miguel les grita a los agentes que así no se hacen las cosas. Los policías, muy serios, le dicen con tono autoritario que se aparte de allí.

Todo el mundo que pasa por la calle se para. Decenas de vecinos y vecinas, de todas las edades, comienzan a vocear a los agentes y a recriminarles su actitud, con algunas frases más educadas y otras un tanto menos respetuosas. Llega otro coche patrulla. Miguel y otros vecinos se plantan delante, dicen que no se van y que dejen de hacer daño a Daniel.  Otra vecina, enfermera, se ofrece a intentar calmar a Daniel (que, muy nervioso, no para de chillar), pero les dice a los agentes que su actitud no ayuda.

Los policías, cada vez más nerviosos, empiezan a gritar a todo el mundo que hay que desalojar la calle. Pero no funciona. Poca gente les habla ya de forma educada. Dos agentes piden el DNI a una vecina de mediana edad. Reciben abucheos. Miguel y otros tres vecinos dan su teléfono a la señora por si le llega una multa o algo peor, y se ofrecen a testificar en su defensa si lo necesita. Todo esto lo dicen en la cara de los policías.

Más tarde llega una ambulancia y también la madre de Daniel. Varios vecinos increpan a los agentes porque le dan una versión de los hechos que no cuadra mucho con lo sucedido. Finalmente, meten a Daniel en la ambulancia y su madre se sube con él. Los policías se van montando en sus coches y abandonan la calle  nerviosos y frustrados. Uno de ellos le dice a otro : “Aquí no se puede trabajar”.

Con el tiempo, los uniformados y vecin@s vuelven a coincidir y verse en movilizaciones o paseando por el barrio. Ninguno olvidará lo sucedido y se cruzarán agrias miradas. En casas de ambos se despotrica del contrario, con visiones absolutamente diferentes de lo que sucedió.

El hostelero esquirol del que sus vecinas sabían demasiado

Mañana de la huelga general de 2012 (29 de Marzo). Traseras de la Telefónica. Aunque casi todos los establecimientos hosteleros de Gamonal han cerrado, cerca de Alcampo se ven algunos abiertos. Un piquete compuesto por dos o tres centenares de personas, la mayoría del barrio, se encara con el dueño de un bar que lo tiene abierto. Éste no se arredra y dice que él abre “cuando le sale de los cojones”.

Los chavales más jóvenes del piquete empiezan a gritarle “Cállate, gordo”. Otro piquetero de más edad les dice que no le llamen eso, que mucha gente puede sentirse ofendida, que es mejor recriminarle que no es solidario. Una mujer de unos 45 años que pasa por la calle y escucha la conversación les dice “¿Queréis meteros con ese facha? Pues no le llaméis gordo, llamadle cornudo, que su mujer se ha ido con otro”.

Esa tarde, riadas de vecinos y vecinas inundan la calle Vitoria espontáneamente para bajar a la manifestación convocada por los sindicatos. Asistieron unas 20.000 personas.

El intrépido septuagenario y su curiosa rebeldía

Antonio ha tenido una vida dura como muchos hombres y mujeres de su generación. Tuvo que migrar al extranjero para trabajar, pasando fuera de su país 22 años. Después se instaló en Gamonal a mediados de los 80. Siempre ha tenido interés por la política, y en ocasiones se ha implicado en el sindicalismo y asociacionismo. No tiene una gran cultura porque tuvo que conformarse con los estudios primarios, pero su viveza le hacen entender un poco de todo y hasta comprender muchos tecnicismos y retóricas.

Aunque no vivió en primera persona el conflicto de Eladio Perlado, enseguida simpatizó con el vecindario y se interesó por cómo acababan las cosas. Le preguntaba mucho a su hijo Juan, que sí participó un poco. Tampoco participó en el 15M pero a veces acudía a las actividades manteniéndose a cierta distancia, en parte para observar a Juan, que también participaba. Cuando llegó la lucha del bulevar, se animó a formar parte de todo aquello, y acudió a varias manifestaciones. También pendiente de su hijo, esperando que no le detuvieran, y tranquilizando a su mujer, siempre temerosa de que le ocurriera algo malo. Comenzó a leer Burgos Dijital y Diario de Vurgos.

Un día, a Juan le pusieron la segunda multa en un mes por aparcar en doble fila en el barrio. Como su hijo estaba muy liado, Antonio fue a comisaría a pagar la multa… y a dejar claro a los policías que su ensañamiento era una vergüenza, que no podían castigar al barrio por no permitir la construcción del bulevar, y les dijo que ya era hora de dejar de ser marionetas del alcalde y comportarse como unos sinvergüenzas. Pagó y se fue tan ancho. Cuando se lo contó a su hijo, éste le dijo: “Joder, papá, si lo hago yo acabo detenido y me llevan a juicio”.

Al año siguiente llegaron las elecciones municipales y autonómicas. Jaime Mateu y otros populares instalaron una mesa informativa en la Plaza San Bruno, y él bajó a explicarles que eran unos ignorantes y defendían a corruptos. Sin cortarse. Les espetó cuatro cosas y se marchó tan a gusto, dejando a los candidatos con la palabra en la boca.

Llegó el día de las elecciones. Y, aunque al lector le cueste creerlo, Antonio introdujo, como siempre, la papeleta del Partido Popular (en las autonómicas; a Javier Lacalle ni en pintura). A su hijo no le extrañó nada, contaba con ello. De hecho, Antonio ha estado afiliado al Partido Popular las tres últimas décadas.

Dichos y frases ocurrentes

2012, huerta comunitaria y autogestionada de Capiscol. Dos compañeros de la Asamblea de Gamonal del 15-M discutían cuál debía ser el alcance de sus actividades. Uno cree en objetivos maximalistas. El otro responde con sorna que “Gamonal no puede derrocar al imperio yankee”. El primero sonríe y dice “Ya veremos”. Dos años después, Rajoy se encuentra en la Casa Blanca reunido con Obama. En la rueda de prensa varios periodistas le preguntan por la revuelta de nuestro barrio. Los compañeros recuerdan la anterior conversación. “No sé si podremos con el imperio yankee, pero ellos ya nos conocen y han tomado nota”, dice uno con más cachondeo que antes.

El 5 de Abril de 2016 los informativos de TVE se hacían eco de supuestas fuentes policiales que relacionaban al 15-M y la revuelta de Gamonal contra el bulevar con el gobierno venezolano. Un vecino dijo que sí, que él había visto a Maduro en chándal tomando un pincho de pulpo en el Alpi.

Noviembre de 2014. Unas 400 personas intentan concentrarse debajo de la casa del alcalde, pero la policía les arrebata la pancarta y carga, deteniendo a una persona. Bastantes manifestantes les lanzan objetos y comienzan unos disturbios por el centro de la ciudad en los que se destrozan lunas de sucursales bancarias y se cruza y prende fuego a varios contenedores para bloquear el paso a los furgones. A la que pasa un grupo de personas encapuchadas, una señora de cierta edad, muy bien vestida, dice a otra : “Aquí huele a Gamonal”.

Eva acude a la clínica de Fisioterapia habitual, en el barrio. Está en la sala de espera. Junto a ella está sentada otra señora de unos 40 años bastante arreglada. Ésta le pregunta si es un buen fisioterapeuta. Eva responde que sí, que tiene buena experiencia en las sesiones anteriores. La otra mujer le dice que ella nunca ha acudido a esta clínica. Con risa nerviosa, explica que se la han recomendado y pensó que bueno, “¿por qué no iba a venir aunque estuviera en Gamonal?”. Eva se sonríe. No se siente ofendida por el evidente y normalizado clasismo de la señora. Más bien al contrario; se compadece de la estrechez del mundo conceptual de la mujer.

Un vecino del barrio, veterano y curtido en varias décadas de conflictos vecinales, conversa con otros compañeros y compañeras antes de una reunión. Es Febrero. Sale el tópico de la conversación sobre el clima. “Con todos los años que tengo, sé dos cosas de esta ciudad: siempre hay frío y alcaldes hijos de puta”.

Última semana de Enero de 2014, Zona Cero. Un veterano sindicalista conversa con otro hombre más joven de la unidad que ha habido en el barrio. Cita un ejemplo. “Había dos chavales encapuchados, uno con el chándal del Barça y otro del Madrid, tirando piedras juntos”. Chándal y unidad: ése es el Gamonal que queremos.

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