Que no nos manipulen. Distingamos entre islam, islamismo y fanatismo #Charlie Hebdo


A raíz de los asesinatos cometidos en la redacción de la revista francesa “Charlie Hebdo” por supuestos combatientes en Siria, urge aclarar algunos conceptos básicos y evitar el llamado al racismo e intolerancia que muchos están lanzando. Que el hashtag “Stopislam” haya sido Trending Topic es alarmante, pero también es muestra del desconocimiento, de los prejuicios y de la ignorancia que la mayoría de la población tiene respecto de tres conceptos: islam, islamismo y fanatismo.

Islam, como entenderá cualquiera, es la religión que profesan los musulmanes y musulmanas. Hasta ahí, aparentemente, todo claro. Pero ¿qué ocurre si oímos palabras como chií, sunní, wahabí…? Expliquemos un poco más.

Dentro del islam existen dos grandes corrientes. La rama sunní, que agrupa más del 70% de los y las seguidores de Mahoma de todo el mundo, y la rama chií. Se distinguen en base a una división de la comunidad religiosa que se produjo a la muerte de Mahoma y los conflictos posteriores. La rama chií se concentra fundamentalmente en Irán, Líbano, Azaerbayán y Bahréin, y algunas zonas de Irak, Pakistán, Siria y Afganistán, fundamentalmente. La rama sunní se extiende por el resto del mundo. Cada una de estas dos ramas, a su vez, se divide en escuelas o grupos diferenciados. Tenemos además el hecho de que en muchas ocasiones, en un mismo estado conviven (de mejor o peor manera) varias confesiones; algunas de ellas pueden ser minoritarias.

¿Por qué es importante distinguir estas ramas y sus escuelas? Por un lado, los preceptos del Corán y los textos sagrados son interpretados de forma diferente por cada una. Por otro lado, en muchas ocasiones se asocian cada una de ellas a una forma de entender no sólo la vida religiosa, sino también la concepción del poder terrenal, y, por ende, la forma de gobierno y de hacer política. De igual manera que en el cristianismo hay quienes utilizan la religión para imponer proyectos políticos (históricamente, protestantes y católicos), para subvertirlos (Teología de la Liberación) o para disputar el poder a otros de manera fanática (como el Ejército de Resistencia del Señor en Uganda).

Pues bien, aquí está el quid de la cuestión que nos ocupa. Cuando se habla de los asesinatos del 7 de Enero en la revista satírica francesa, la mayoría de las personas, y de los medios de comunicación, utilizan adjetivos como “radicalismo musulmán”, “islamismo”, “integrismo” y “fundamentalismo”, que son totalmente ambiguos, generalizadores y que no inducen para nada a una comprensión de lo ocurrido.

Hay que entender que este tipo de crímenes, como las masacres cometidas por Boko Haram, el Estado Islámico y otros grupos similares no pueden confundirse con el Islam en sí. Esto, que debería ser obvio, se ignora, mezclando el “fundamentalismo” y la violencia más cruel con el Islam. Pero hay que ir más allá; no basta con decir “no es lo mismo ser musulmán que ser terrorista” (en lo que se quedan la mayoría de los progres); tampoco se pueden confundir los actos de estos grupos con el islamismo político. Ni los Hermanos Musulmanes (a los que pertenece Hamás) ni los grupos de lo que se llama “resistencia” en los países musulmanes (como Hizbulá o el FPLP) tienen tampoco nada que ver con estos actos. Lo mismo podemos decir del partido de Erdogan en Turquía, aunque por cuestiones de geopolítica haya apoyado firmemente a grupos terroristas.

Mujer palestina enfrentándose a soldados israelíes en un checkpoint

La mayoría de los grupos “fanáticos” (al estilo de Boko Haram, los talibanes o el Estado Islámico) han sido financiados, armados, entrenados y preparados por Estados Unidos y/o Arabia Saudí y sus aliados, como Qatar. Responden a la escuela salafista (o “wahabí”) de la rama sunní, cuya concepción del islam se ha radicalizado para servir a las pretensiones de estas potencias imperialistas, y que refuerza también al pensamiento más integrista dentro del islam: el takfirismo.

El empleo de estos grupos fanáticos por parte de las grandes potencias en la era contemporánea se remonta a la guerra de Afganistán de los ochenta; el régimen laico aliado con la URSS se enfrentó a rebeldes talibanes (Bin Laden entre ellos) armados y organizados por EEUU, que contó con el soporte de Arabia Saudí para adaptar la propaganda religiosa de tal forma que fueran furiosamente antisoviéticos y consideraran un orgullo enfrentarse al laicismo y extender su dominación hacia las mujeres. Los traductores saudíes del Corán han manipulado de forma grosera los textos islámicos cambiando términos importantísimos; es muy habitual que lo que Mahoma entendía que podían y debían hacer “las gentes” sea traducido por “los hombres”; para la escuela sufí, por ejemplo, esto resulta inconcebible, ya que negar el estudio o las oportunidades de desarrollo personal a una mujer es impedir que se acerque a Alá y no es propio de buenos musulmanes. Igualmente algunos (los takfiristas) llegan a decir que los musulmanes deben ser analfabetos y salir de escuelas y universidades. Arabia Saudí ha financiado con sus petrodólares estas ramas extremas del islam, así como a los grupos armados que, inspirados por estas creencias fanáticas, han desarrollado actividades netamente terroristas, buscando eliminar no sólo a cristianos o judíos, sino también a otros musulmanes.

Ronald Reagan en una reunión con los talibanes en 1985
Juan Carlos I con la familia real saudí, representación viva de la tiranía y el despotismo

También ha quedado meridianamente demostrado que el líder de la secta Boko Haram se formó en una de las escuelas religiosas de Arabia Saudí; que Bin Laden formaba parte del linaje real de la familia Saud; que los rebeldes sirios fueron armados y entrenados por EEUU y Arabia Saudí, que introdujo además miles de combatientes extranjeros fanatizados en sus escuelas.

Todos estos grupos no tienen nada que ver con las facciones combativas del entorno musulmán, que se organizan para hacer valer los derechos de los oprimidos contra las potencias imperialistas. Pensemos en Hizbulá, una partido político con vertiente miliciana que ha conseguido frenar la dominación de los chiíes, condenados a la pobreza, en el Líbano; en Hamás, que aglutina a la mayor parte de los gazatíes contra la opresión y el genocidio israelí; y en sus aliados laicos como el Frente Popular para la Liberación de Palestina.

También hemos de hacer notar que Arabia Saudí y EEUU han utilizado a los grupos más fanáticos para derribar regímenes laicos que les adversaban, como el Irak de Sadam Hussein, la Libia de Gadaffi y la Siria de Bashar-Al-Assad. La implosión de estos tres regímenes ha supuesto el recrudecimiento del terrorismo más fanático, la expansión de sus redes y la inestabilidad en todo el mundo musulmán. También hay que decir que la heroica resistencia iraquí combatía a Al-Qaeda, y que Hizbulá combate al Frente Al-Nusra (filial de Al-Qaeda en Siria) y al Estado Islámico.

Y, aunque también debería resultar obvio, no podemos olvidar los millones de musulmanes que las potencias occidentales han asesinado desde finales del S. XIX. El Reino de España cometió terribles matanzas en el norte de África, llegando a utilizar armas químicas contra la población civil del Rif. Francia se vio envuelta en el terrible colonialismo de Argelia, de la que sólo salió cuando la resistencia armada nativa le impidió seguir acumulando ganancias. Tengamos en cuenta también las guerras entre Irán e Irak (auspiciadas por EEUU), el genocidio en Palestina, la invasión de Irak, la de Afganistán, las masacres con drones… si sumamos, la cifra es terrible, y la indignación de los musulmanes es proporcional a ella.

En resumen, los asesinatos en la capital parisina pueden ser aprovechados por algunos para fomentar la xenofobia, el racismo y la islamofobia. O para seguir con un supuesto humor con tufillo colonial que denigre a los musulmanes.

Pero no caigamos en la trampa e informémonos más. No miremos mal a nuestros vecinos y vecinas musulmanes, no apoyemos guerras contra el “terrorismo” ni pidamos leyes antiinmigración. Luchemos contra la opresión y el fanatismo, sí, pero no apoyemos las injusticias. El mayor antídoto para la violencia fundamentalista no es el racismo, sino el (re)conocimiento mutuo; la consecución de una paz justa en Palestina; la desocupación de Libia, Irak y Afganistán; el aislamiento político de EEUU, los saudíes e Israel; la difícil reconciliación en Siria; y, sobre todo, la solidaridad entre los pueblos.

 

PD: Pido disculpas por resumir excesivamente para facilitar la comprensión, y por las imprecisiones que haya podido cometer. En el futuro se analizará más detenidamente todo lo relacionado con las creencias vinculadas al Islam y su relación con la actividad política.

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