Reflexiones incómodas sobre las #MarchasDeLaDignidad


Como el año anterior, fui acompañando a nuestro barrio a las Marchas. Este año ya se veía venir que la afluencia de gente, especialmente en la columna norte, iba a ser sensiblemente inferior, algo que pudimos comprobar según avanzaba el día. Los organizadores cifraron la asistencia de 2015 en unas 500.000 personas; por mi parte doy por válido que en Colón éramos varios cientos de miles de personas. Una buena cantidad de gente, desde luego, pero lejos de la gran masa enfurecida del año pasado.

Se decía que “las circunstancias de este año son diferentes”. Pues bien, realmente, los dos únicos factores diferentes que acierto a ver este año, y que pudieran haber mermado la asistencia, son el recuerdo de los disturbios del año pasado (que, no vamos a negarlo, echan para atrás a mucha gente) y la esperanza mágica que mucha gente ha depositado en Podemos y las elecciones.

No es poca la gente que cree que, llegado el momento de votar, bastará con votar a esta fuerza política para cambiar las cosas. Sin entrar a valorar si Podemos merece o no el voto, lo que sí se percibe es una sensación de adormecimiento; de algunas gentes cansadas de luchar o movilizarse que creen (o quieren creer) que existen soluciones fáciles. Incluso más allá; que los disturbios en la calle estropean el posible resultado electoral. Es una hipótesis, y no hay manera de contrastarla, pero cada vez más analistas (incluso desde el poder) plantean que la emergencia de esta fuerza política está provocando que menos gente acuda a las calles, y que se canalice el descontento y la rabia hacia el voto.

Volviendo al recuerdo de los disturbios del año pasado, parece que esta vez la organización, a nivel estatal, tenía como claro objetivo evitar que se reprodujeran este año. Para mí, esta es la única razón que puede explicar el plan de movilización del 21M. Empezar la entrada a las ciudades más tarde (en torno a las 14 horas), con bastante prisa para confluir (a las 18 horas), sin acciones de desobediencia (siquiera simbólicas) que contravinieran, siquiera levemente, lo que la policía pudiera aceptar. Y, además, después de reunirnos todos y todas en Colón, centenares de miles de personas, renunciar a marchar juntas. Renunciar a exhibir la fuerza de la masa, a mostrar el poder popular. Simplemente dedicarnos a escuchar discursos durante más de una hora y media, rodeados de efectivos y furgones de la UIP.

Según percibo, los organizadores han priorizado la tranquilidad, las  ganas de evitar incidentes, sobre la lucha. Porque nadie puede afirmar, al menos en la columna norte y en Colón, que el 21M existiera una actitud combativa. Ninguna confrontación con la ley, o las instrucciones gubernativas; mucho esfuerzo de coordinación, eso sí, y gente que se ha pateado muchos kilómetros. Pero nada de aprovechar para retirar, siquiera simbólicamente, las vallas de Ofelia Nieto 21, por ejemplo; nada de hacer fuerza frente al edificio ocupado por los nazis en Chamberí; y, peor aún, nada de responder a su presencia; ni siquiera pudimos evitar sus ataques (cuatro compañeros/as vascas fueron agredidos cerca de la columna). La UIP les protegió y no había fuerzas para desafiarles.

En definitiva, nada de saltarse ninguna pauta fijada por la autoridad, nada de correr el mínimo riesgo de apretar demasiado la cuerda ni desafiar al poder. Al menos, como digo, en la columna norte.

Luego, claro, después de una hora y media de discursos frente a una gran banderola rojigualda y rodeados por antidisturbios, bastante gente acaba aburrida y un tanto frustrada; especialmente esa juventud a la que se llamaba a participar en las Marchas para “luchar”. Esa juventud a la que le aburren intervenciones que no paran de repetir lo que podemos oir en la calle en los últimos años; que poco nuevo ofrecen a quien bucee en Internet de vez en cuando.

Acabado el acto, bastantes jóvenes, indignados por el acoso policial de las últimas semanas y de la vigilancia intensiva de ese día, se atreve a cortar Gran Vía. Quizás de una forma un tanto temeraria, porque el ambiente del resto de los manifestantes no acompañaba. Parece que algunos causaron ligeros desperfectos en una entidad bancaria. Es cierto que los efectivos policiales estaban sobradamente dispuestos a actuar con fuerza desmedida, y que además estaban en clara superioridad numérica y organizativa, y que seguramente los chavales y chavalas no deberían haber realizado ese tipo de acciones cuando además eran unos pocos cientos. Quizás deberían haber anticipado que la policía del régimen actuaría con brutalidad, que detendrían a 17 personas y que apalearían a muchísimas más, con una brutalidad que los reporteros independientes pocas veces han podido grabar.

Pero la culpa NO es de los chavales y chavalas, sino del estado policial en el que viven. No se puede culpar a estos jóvenes de que la policía se dedicara a cargar indiscriminadamente, golpear a gente indefensa, encerrada y desarmada. Volcar unos contenedores y dar unos golpes a un cajero no es excusa para que la policía se lance contra la gente como lo hizo. No les culpemos a ellos. Ni dejemos tiradas a las 17 personas detenidas.

¿Por qué digo esto? Muy sencillo. Mientras las redes sociales echaban humo a partir de las 21:30 denunciando y dando testimonio gráfico de la represión, las cuentas oficiales de Twitter de las Marchas de la Dignidad continuaban informando del “éxito” de la manifestación. No denunciaron ni informaron de lo que estaba pasando, pese a los continuos mensajes que sus cuentas recibían de periodistas independientes y activistas. Más tarde el planteamiento informativo ha consistido básicamente en desvincularse y explicar que los incidentes ” tuvieron lugar en otro momento y en otro lugar de la ciudad”.

Pues bien, evidentemente es una contradicción llamar a la lucha a la juventud, que sufre en sus carnes lo peor de la crisis, que es más impulsiva, que tiene más energías y menos miedo, y después criticar sus actuaciones, que tampoco han sido terribles. De hecho, la policía cargaba con toda la impunidad y confianza que le otorga el convencimiento de que este año nadie iba a responder a sus agresiones. Se palpaba que en la organización no había rabia, que la masa no iba a defenderse activamente de las cargas y porrazos. Precisamente esa falta de ambiente combativo fue, a mi modo de ver, lo que originó que los chavales más jóvenes desobedecieran por su cuenta, siendo pocos, y se produjeran 17 detenciones e incontables agresiones, brutales además. Un planteamiento más dinámico, más desobediente, hubiera evitado que la frustración guiara las actuaciones de los jóvenes más indignados con el sistema.

En fin, evidentemente todo lo que aquí expongo es subjetivo, y guiado fundamentalmente por la sensación agridulce que me ha quedado después de ver el silencio informativo de las grandes cadenas (que para variar se centran en la campaña criminalizadora, y no en los cientos de miles de personas que acudimos), los porrazos que recibieron muchos y las 17 detenciones, que quizás sean más en los próximos días. También quiero dejar claro que organizar dinámicas como las Marchas exigen un esfuerzo terrible y que es difícil no cometer errores o acertar con los acontecimientos. Sólo quiero pensar que si las Marchas convocan una huelga en adelante, como dicen, espero que anticipen que habrá, inevitablemente, enfrentamientos y tensiones. Incluso cuando UGT y CCOO convocan huelgas asumen que será así. Y que habrá que prepararla y organizarla teniéndolo en cuenta.

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