Cuidar el planeta sin caer en las trampas que nos lanzan


El movimiento ecologista ha vuelto a tomar las calles con fuerza en Europa, esta vez con convocatorias fundamentalmente juveniles.

Está claro que nuestro planeta vive un momento crítico, y que sin cambios profundos la humanidad está condenada al desastre. Ahora bien, resulta sospechoso escuchar este discurso no del movimiento ecologista, no de los movimientos sociales en general, sino también en boca de organismos financieros internacionales (como la cumbre de Davos) o en boca de algunos líderes del capitalismo (como la superestrella Al Gore, ex vicepresidente de EEUU y fallido candidato presidencial por el partido demócrata). Sin duda, buena parte de los oligarcas está preocupado por el futuro que se avecina, pero evidentemente eso no los ha hecho cambiar de bando ni podemos confiar en ellos. Los intereses de la clase obrera y la supervivencia del medio ambiente no podrán conjugarse jamás con los de la élite empresarial y política del capitalismo. Por eso conviene estar atento a algunos debates abiertos y no caer en trampas.

 

¿Nos proponen soluciones válidas para toda la humanidad?

 

Las élites empresariales ya nos adelantan algunos cambios que pueden tolerar, y que incluso les interesan y les benefician. Pero jamás podrán ser concebidos de tal forma que los miles de millones de habitantes de la Tierra puedan beneficiarse de ellas. Más aún, muchas de ellas implican perjudicar abiertamente a la mayoría de la humanidad. O incluso pueden perjudicar al planeta más aún, a medio y largo plazo. Vamos a verlo.

a) El coche eléctrico.

Parece el invento mágico, la última maravilla de la sociedad industrial. Estos vehículos, dicen, no emitirán CO2 y podremos seguir usando nuestros cerca de 1.500 millones de coches sin impacto en el medio ambiente. Si lo analizamos, veremos que es una gran mentira.

Para empezar, la energía eléctrica tiene que venir de algún sitio. Y, como sabemos, actualmente el mix energético, en prácticamente cualquier país, incluye energía nuclear, térmica, fósil… que produce altísimas emisiones de CO2 (y otros residuos más peligrosos aún) para que la energía eléctrica llegue al enchufe del maravilloso vehículo eléctrico. Y, además, se necesitan baterías eficientes. ¿De dónde se va a sacar el litio, o el mineral alternativo que encuentren, para construir 1.500 millones de baterías, y después reponer las que se vayan estropeando? Pues, de momento, de la minería en el tercer mundo, hasta que se agoten los recursos y no dé para más. También hay quien habla de un panel solar en cada coche, pero nos encontramos con el mismo problema. Por otro lado, las baterías y paneles no se reciclan fácilmente y la gestión de sus residuos es complicada.

Unido a lo anterior, se nos ocurre otro importante problema: el precio. Actualmente un trabajador o trabajadora común lo tiene difícil para adquirir uno de estos vehículos. Es difícil saber si se puede abaratar el coste de forma significativa, porque los recursos necesarios, como decíamos, son escasos.

Así que tenemos un nuevo engaño. Una tecnología que será cara, sólo para quien pueda permitírsela, y que nunca podrá ser tan masiva como lo son los vehículos que utilizan combustibles fósiles (que ojalá no hubieran llegado a producirse en las cantidades actuales, por otro lado).

b) Comida artificial

Otra nueva línea de investigación empresarial, menos publicitada, es ésta: la comida fabricada en laboratorios a partir de ingeniería genética. Sus promotores aseguran que, para las personas más comprometidas con los animales, sería una alternativa al veganismo, y esperan una gran aceptación de sus productos.

Por un lado, existe el peligro de que la ingeniería genética introduzca la transgenia en dichos productos. Pero aunque no fuera así, crear comida en un laboratorio tiene otros problemas. La naturaleza, tras miles de millones de años de evolución, ha conseguido ciertos equilibrios (por más que la humanidad los intente romper) y muchos ecosistemas son tremendamente eficientes en la gestión de la energía del sol, el agua y los recursos del suelo. Las plantas crecen espontáneamente, los animales las consumen y crecen sin necesidad de que tengamos un altísimo gasto de energía eléctrica en el laboratorio para inducir luz, alimentar la robótica y hacer crecer un muslo de pollo a partir de una probeta. Habrá que ver la eficiencia energética de estas fábricas de carne, pero defenderlas como alternativa a la ganadería es sumamente problemático, por no mencionar el posible coste de sus productos. Sin duda, muchos burgueses veganos podrán permitírselo y lavar su conciencia, pero veremos para el resto de la población. A no ser que creen una gama baja de la que al menos nosotros no nos fiaríamos.

c) El reciclaje

Este es otro fraude de nuestra sociedad industrial. Los contenedores son nuestra salvación.

Pero poco se habla de las reducidas tasas de reciclaje y altos niveles de rechazo de residuos, y, sobre todo, de cómo este sector industrial ha obligado a abandonar formas de reutilización de los envases que les daban incontables usos. Ahora compramos una botella de vino, por ejemplo, y tras agotar su contenido no la rellenamos, sino que la tiramos al contenedor, haciéndola añicos. Después, si todo va bien y no se rechaza el contenido del contenedor verde, los cristalitos llegan a una fábrica de vidrio donde los recalientan para fundirlos de nuevo y darles forma, creando más emisiones de CO2 y contaminación. Después un camión las lleva a la planta de nuevo. Con lo sencillo y útil que era comprar el vino a granel y que nos rellenaran la botella, o que nos dieran dinero por “los cascos” ahorrando una parte del proceso. Lo mismo ocurría con la leche; se podría pasteurizar y vender a granel en envases reutilizables. Y con refrescos, zumos y tantas bebidas. Y no sólo bebidas; si nos paramos a pensar, muchos envases podrían volver a rellenarse. Pero ahí tenemos a ECOEMBES ,los promotores y monopolistas del reciclaje de contenedores, sonriéndonos en sus campañas publicitarias, oponiéndose a un cambio de modelo y ganando muchísimo dinero.

En cuanto a los restos orgánicos, hay muchas formas de gestionarlos de manera eficiente, desde la recogida “puerta a puerta” hasta las composteras comunitarias. Pero no parece que vayan a llevarnos por ese camino, salvo que vean negocio en él.

d) Fin del carbón

Año 2019. Ya no hay minas de carbón abiertas en el estado español. Nos cuentan que es un avance ecológico, y que la minería era un trabajo peligroso, por lo que todos salimos ganando, salvo las comarcas mineras. Pero nos vuelven a mentir.

Que no se explote carbón en el estado español no quiere decir que no se consuma. Se sigue importando carbón, intermediado por fondos buitres, con el coste ecológico que tiene ese transporte. Y ese carbón se extrae en el tercer mundo, con peores medidas de seguridad, con trabajo infantil, y creando desastres ecológicos en las zonas donde se excava porque apenas hay regulación ambiental de la minería. Pero claro, eso queda lejos y no lo vemos. Qué más da que en Latinoamérica, África o Asia se expulse a indígenas para devastar su territorio, o que trabajen niños y niñas.

e) Energías “renovables”

Otro bluff. Pero a ver, entiéndase: no es que las energías renovables sean peores que la nuclear o la térmica; evidentemente no queremos decir eso. Pero sí tenemos que afirmar que no son una solución universal y que nuestra sociedad industrial no puede nutrirse de ella tal cual está concebida.

La fabricación de grandes molinos de viento o paneles solares y su implantación generalizada en el territorio generan problemas. En primer lugar, necesitan de industria pesada para construirse, que también contamina, aunque evidentemente mucho menos que la construcción de una central nuclear o térmica. Por otro lado, los paneles solares también necesitan recursos minerales que no son infinitos, y difícilmente reciclables. Y evidentemente no podemos pretender llenar el planeta de estos artilugios; aunque lo hiciéramos, no produciríamos una cantidad de energía infinita, y no se podría extender el modelo de sociedad industrial a todo el planeta. Además, la instalación de molinos de viento tienen impacto ambiental sobre el propio terreno (que ya no puede destinarse a otro uso) y especialmente sobre las aves, aunque también crean sombras parpadeantes que podrían afectar a seres humanos que vivieran cerca. En el mar su impacto es más reducido pero también afectan a las aves marinas.

Y nos queda otro gran fraude: el biodiésel. Miles de bosques se deforestan para cultivar plantas que no van a alimentar a ningún ser humano, sino a nuestras máquinas. En Colombia, por ejemplo, se ha expulsado por la fuerza a campesin@s e indígenas y los paramilitares y narcos lavan el dinero negro con este negocio (la famosa palma aceitera, que también se utiliza como aditivo potencialmente cancerígeno para alimentos). Y además, el consumo de biodiésel también produce emisiones de CO2, aunque sean ligeramente menores que los del diésel o gasolina.

De cuando en cuando nos anuncian otras tecnologías, prometedoras, pero no deberíamos olvidar que la única energía artificial que no contamina es la que no se produce ni se consume.

f) Comercio justo y productos ecológicos

En principio, estas dos iniciativas suenan muy bien. Pero también tienen algunos problemas. Por un lado, según están concebidas en este sistema económica, se trata de productos más caros, que no todos los bolsillos pueden permitirse; sólo los burgueses pueden permitirse depender exclusivamente de estas formas de producción y distribución. Por otro lado, en el comercio justo, los alimentos se transportan a miles de kilómetros, lo cual no es ecológico en absoluto. Además, las exportaciones de alimentos básicos a menudo crean problemas de desabastecimiento en los países del tercer mundo. Y cuando el comercio justo y los productos ecológicos se venden en grandes superficies, cuando las multinacionales son quienes nos las ofertan, dejan de ser justos y ecológicos.

 

Así que vemos que las soluciones que nos venden no son universales, no están exentas de graves problemas, no son sostenibles y además en muchos casos profundizan el deterioro del medio ambiente, encareciendo también los precios y reforzando nuestra dependencia de las multinacionales capitalistas.

Y a la vez que parte de las élites mundiales nos vende estas pseudosoluciones, la depredación del medio ambiente y el saqueo a los pueblos no paran: la privatización del agua, la relajación de requisitos ambientales que llevan implícitos todos los tratados de libre comercio (además de la anulación de derechos laborales), los enormes daños que se producen con la minería (incluido por supuesto la de aquellos minerales necesarios para que todo el sistema informático y digital mundial funciones), las guerras a invasiones para rapiñar los recursos estratégicos, el continuo despilfarro energético y de residuos que supone el uso de cada vez más electrodomésticos y de la obsolescencia programada…

Así que no nos engañemos. No hay soluciones mágicas ni fáciles para el deterioro del planeta y la supervivencia digna de TODA la humanidad. El capitalismo nunca nos va a ofrecer planteamientos serios, pero sí pueden intentar engatusarnos para que los pueblos de norteamérica, Europa o Japón pensemos que podemos mantener la sociedad industrial, nuestro gran despilfarro, mientras a la vez siguen precarizando nuestras vidas. Algunas facciones del capital quieren convencernos de que nos movamos según sus propios intereses; otros al contrario quizás lleguen a pensar que la solución al planeta es que los pobres no consumamos energía o que directamente sobramos; la robotización puede desplazar definitivamente a la clase obrera.

No hay camino fácil. Nuestra sociedad industrial y modo de vida deben cambiar, pero a la vez tenemos que parar a las corporaciones, los fondos de inversión, los gobiernos capitalistas y evitar que la factura del cambio climático y la destrucción del planeta la paguemos los pueblos. Es tentador engañarse, pero ni las cosas van a solucionarse por sí solas ni nos van a dejar cambiar la sociedad pacífica y democráticamente.

Dejo aquí dos artículos muy diferentes: uno abundando en los límites ecológicos y económicos de la socialdemocracia, y otro con consejos prácticos para reducir el consumo de energía en el hogar. Parches son parches, pero además de luchar hay que procurar ahorrar dinero, rendir menos al sistema y contaminar menos.

 

Cómo ahorrar energía en tu casa: paga menos, contamina menos, enriquece menos a las compañías (I)

El imposible mundo socialdemócrata. La falsa receta que no se puede aplicar.

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