No somos, ni seremos nunca, el 99%


El manido tópico de “somos el 99% contra el 1% que ostenta la riqueza” está muy lejos de ser real. Si bien en estos tiempos globalizados la concentración de capital se ha acentuado y cada vez son menos manos las que ostentan un porcentaje mayor de la riqueza, no es menos cierto que ese 1% ostenta su dominio mundial en la estructura social capitalista, y que una parte no tan pequeña de la población tiene intereses muy consonantes con el actual modelo económico y político.

La clase obrera no es el 99% de la sociedad, ni en las sociedades menos industriales ni en las europeas, norteamericanas o japonesa. E incluso dentro de la mano de obra asalariada hay sectores muy concretos que no están objetivamente interesados en un cambio económico, social o político.

Esta reflexión no es nada nueva, obviamente. Parece que se nos olvida el aforismo marxista, básico, de que “es el ser social quien determina la conciencia”. Cuando los pequeños empresarios y comerciantes, los cuerpos de seguridad, los profesionales liberales y otros sectores muestran a menudo una mentalidad conservadora, derechista o incluso facciosa, no lo hacen por estar alienados o engañados: el capitalismo actual les garantiza su posición, privilegios de clase o corporativos, y un cambio los amenazaría directamente.

Por muy bien que nos suene aquello del 99% unido contra la oligarquía del capital, nunca será cierto: la parte de la población que objetivamente sería beneficiada por una sociedad más justa es mayoritaria, sí, pero está muy lejos de llegar a esa proporción. Es importante comprenderlo y tenerlo absolutamente presente en la actuación política, en la lucha social, en los movimientos de base, en los barrios y pueblos… Tener claro qué sectores son aliados, cuáles se nos acercarán o alejarán en función de la coyuntura y cuáles van a ser nuestros enemigos siempre es vital.

Pasamos a hacer un repaso somero de por qué algunos de ellos oscilarán entre el PSOE y la ultraderecha y por qué nunca se implicarán decididamente en luchas o cambios que beneficie a la clase trabajadora.

Nota: analizamos las posiciones mayoritarias, como bloque, en cada sector. Obviamente, siempre habrá individualidades que por razones éticas, convicciones políticas u otros motivos se alineen con la clase obrera pese a formar parte de otro estamento social. Aunque algunos, no sobra mencionarlo, quizás lo hagan por razones egoístas (como desarrollar una carrera política, por ejemplo).

– Las profesiones liberales y altamente cualificadas

En este sector se encuentran, por un lado, abogad@s, funcionari@s de alto nivel, médic@s con consulta propia, periodistas y tertulianos de primera fila, técnicos especialistas muy bien remunerados en las empresas, cargos intermedios y ejecutivos en las empresas, y en general cualquier profesión que requiera un alto grado de especialización (poco alcanzable para la mayoría) y cuyo trabajo sea efectivamente reconocido (no el profesor universitario con un contrato de asociado, ni un químico contratado como auxiliar, obviamente). También aquellos que, por ser autónomos, tienen un pleno control sobre su trabajo (no son asalariados) y tienen una renta media-alta.

¿Cómo va a simpatizar con un cambio profundo este sector? Representa una élite dentro de nuestro sistema, y si el conocimiento se socializara sus privilegios acabarían. Esto es especialmente cierto en sociedades muy desiguales. En América Latina, por ejemplo, este estrato social es profundamente reaccionario. No quieren que los hijos e hijas de la clase obrera puedan ir gratuitamente a la universidad y hacerles competencia. Se alinean con la derecha e incluso con el fascismo con tal de asegurarse su posición. En Venezuela es conocido cómo multitud de médicos de la vieja escuela están totalmente en contra de que sus colegas cubanos atiendan pacientes, aunque sea en las zonas pobres que no visitan, o de la extensión del sistema público de salud que les resta clientes. En muchos países los estudiantes de la universidad privada a menudo han protestado con fuertes disturbios contra los procesos de cambio que benefician a la mayoría social.

En Europa, los trabajadores más técnicos también suelen tener la conocida “mentalidad de clase media” (siempre que se les reconozca su trabajo). A menudo creen que, si ellos se han esforzado por conseguir su conocimiento, titulación y puesto, merecen una clara distinción salarial y social del resto, que no se habría esforzado lo suficiente. Una versión más light del darwinismo social y la mentalidad protestante: “cada cual tiene lo que se merece”. Y es que, cuando uno se puede permitir un chalet, una piscina y un mercedes es obvio que se puede distinguir del resto de la masa social asalariada y crece la tentación de justificar las injusticias sociales.

– Cuerpos de seguridad

“Un policía también es un trabajador”. Esta frase es utilizada con entusiasmo por la progresía. Pero, a pesar de ser fuerza de trabajo asalariada, tanto su función social como sus privilegios los hacen muy diferentes al resto, y proclives a una ideología reaccionaria e incluso fascista. El hecho de ser autoridad, de tener el monopolio legal de la fuerza, los distingue totalmente del resto de trabajadores y trabajadoras (salvo quizás de los seguratas, en su mayoría aspirantes frustrados).

Hay evidencias claras de diverso tipo que confirman que la mayoría de policías, guardias civiles y policías autonómicas abrazan el conservadurismo o el fascismo. El sindicato mayoritario en la policía nacional es ahora mismo JUSAPOL, el defensor a ultranza de la represión en Cataluña, el del acoso a Podemos, el del gesto de simular una pistola con la mano y apuntar al diputado de EH Bildu en el Parlamento Vasco, el de los chats llenos de racismo y machismo. Por otro lado, en los colegios electorales cercanos a cuarteles de la guardia civil la derecha nota un gran incremento de votos y VOX saca muy buenos resultados. En las policías vasca y catalana la presencia del nacionalismo de derechas es mucho mayor que la de otras tendencias ideológicas, e incluso entre los Mossos hay antiguos policías nacionales que no destacan por su catalanismo. Esto no son conjeturas, sino hechos probados, reflejados en la prensa corporativa.

Además caben muchas observaciones. Los cuerpos de antidisturbios y las brigadas de información están hechas para reprimir y vigilar a los movimientos sociales y opositores. Las denuncias por malos tratos y/o torturas en el estado español tienen una de las tasas más altas de Europa Occidental, aunque frecuentemente sólo acaben con condenas en Bruselas. La impunidad en estos casos sigue siendo una regla, ya que se indulta, asciende y condecora a agentes condenados, o muy denunciados, por estos delitos. El mensaje que se lanza desde el sistema es claro: mano dura, que si la justicia te mete en problemas ya te salvamos nosotros. Y, por supuesto, no es precisamente frecuente la figura del agente “honesto” que denuncia o testifica contra sus compañeros en estos casos: el corporativismo es muy férreo. Las leyes mordaza, además, refuerzan el poder de los agentes en todo momento y situación. Y, por último, en cualquier país del mundo ser policía te acerca mucho más a la posiblidad de corromperte a todos los niveles: hacerte amigo, socio, de todo tipo de delincuentes organizados, incluidos por supuesto los que llevan traje y corbata y ostentan un cargo político.

Todo eso abre la puerta a privilegios de diferente signo. Los agentes de la guardia civil que viven en una casa cuartel compran viviendas, las alquilan y así las pagan. Algunos empresarios o criminales están dispuestos a pagar servicios si los agentes están dispuestos a corromperse, o a esmerarse personalmente en su protección (incluso sin infringir la ley, por ejemplo atendiendo prioritariamente algunas denuncias y dejando otras actuaciones “en cola”). Pueden abusar de su autoridad si tienen alguna cruzada personal contra alguien. Pueden intentar librarse de multas de tráfico u otras infracciones si conocen a la gente adecuada. No todos caen en este tipo de mezquindades, pero ahí está la puerta abierta. Insisto: no sólo en el estado español, sino en cualquier lugar del mundo.

Así que, ¿la policía está interesda en un cambio social? ¿En que algún gobierno meta mano a la impunidad contra los malos tratos y el abuso de autoridad? ¿En que se reduzca su poder? ¿En que se investiguen más las corrupciones dentro del cuerpo? No. Otra cosa es que reclamen sus salarios y condiciones “laborales” de forma corporativa.

– Pequeños comerciantes y empresarios

Hablamos aquí de propietarios de bares, pequeñas tiendas, talleres, agricultores y ganaderos por cuenta propia…

Por un lado, aunque sus ingresos sean en muchos casos muy magros y similares al salario medio de un trabajador/a, e incluso algunos trabajen más horas de la media, son propietarios. Los impuestos que pagan son diferentes al de la clase obrera. El estatuto de los trabajadores o los convenios no influyen en sus propias condiciones de trabajo. Es más, si tienen una pequeña plantilla, están objetivamente interesados en que los derechos laborales se reduzcan, y no mejoren. Esto hace que sus intereses a menudo no sean los mismos que los de la clase obrera. Les pasa como a los grandes empresarios: necesitan que la gente tenga dinero en sus bolsillos para gastarlo en sus negocios, pero a la vez poder explotar al máximo a sus propios trabajadores. Esta contradicción, fundamental en el capitalismo, no se suele resolver de forma equilibrada, como está resultando obvio en los últimos 30 años. Además, en este sector abunda una preocupación muy grande por la seguridad: que no los roben, que no haya “indeseables” sueltos.

Así que a este sector tampoco le interesa una reforma fiscal más justa, una mayor inspección contra el fraude, ni que se mejoren los derechos laborales. De hecho, a menudo se quejan de que no pueden pagar más a su plantilla, que no pueden concederles tantos permisos de paternidad o maternidad, ni facilitarles la conciliación de la vida familiar, dado que su margen de beneficio es muy exiguo y no da para más. Esto a veces es cierto, pero en otras se podría decir que con sus lágrimas de cocodrilo engrasan sus cajas fuertes llenas de dinero negro. En cualquier caso, esto es un poco irrelevante para la cuestión que nos ocupa: acumulen capital o no, tienen preocupaciones distintas a la clase obrera, aunque también puedan coincidir en aspectos como la defensa de los servicios públicos si sus rentas no les permiten seguros privados de salud o escuelas privadas para sus hijos e hijas.

 

Con todo lo expuesto, debería quedar bastante claro el análisis: no somos el 99% contra el 1%; un amplio sector social da vaivenes entre la extrema derecha y el PSOE, en función de la coyuntura y lo que prometan en cada momento. Siguen sus propios intereses, y nunca serán aliados estables de un proceso de cambio prfoundo, ni mucho menos de una revolución, si es que no son abiertamente nuestros enemigos.

La derecha tiene claros sus intereses y su conciencia; a ver si la clase obrera despierta, se libra de alienaciones y sigue su propio camino. Ahí está nuestra tarea, no en convencer “a los sectores más democráticos de las fuerzas de seguridad”, ni en “atraer a la clase media”, ni en tratar de conjugar los intereses de explotados y explotadores. Puede haber alianzas temporales, vinculadas a luchas concretas, pero en un momento u otro es muy probable que se alineen con nuestros enemigos.

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