Violencia y viejas artimañas del estado, la prensa y el fascismo


“Condenar la violencia venga de donde venga”

A todos y todas nos debería sonar este mantra repetido hasta la saciedad por la tertulianada, la práctica totalidad de los partidos políticos y cualquier “ciudadano de bien” durante las cuatro últimas décadas en el estado español.

Volvamos atrás, al primer gobierno de Felipe González. Desde sus cloacas, el estado configuró toda una estrategia política, policial, paramilitar y mediática para confrontar a ETA que, entre otras cosas, se basaba en destacar públicamente su violencia e ignorar todas las demás (como si no hubiera otras, y con otros protagonistas), y en presentar ese mantra de condenar la violencia como si esa fuera la única existente y condenable (a la par que se organizaba el GAL).

Con ello daba un barniz de superioridad moral a auténticas bestias autoritarias y fascistas frente a quien no condenaba atentados de ETA o matizaba su rechazo a esa violencia.  Sólo el hecho de intentar analizar y contextualizar con rigor lo que ocurría en Euskadi implicaba ser vilipendiado por toda la sociedad bienpensante e implicaba la ilegalización de un partido político (riesgo que aun hoy en día existe).

Durante décadas no escuchamos a casi ningún periodista, gobernante ni mucho menos a los jueces condenar las falsas acusaciones y montajes policiales, las torturas en sus comisarías y cuartelillos, las muertes en sus prisiones ni las masacres de sus guerras. Ni las muertes del Tarajal. Parecía que esa violencia ni existía ni era relevante y que la democracia debía asumir la impunidad policial. A la vez defendían la superioridad moral de “los demócratas” (los representantes del estado) frente a “los violentos” (los opositores al mismo, aunque la violencia consistiera en mover un contenedor o desobedecer a un policía).

 

Y en esas estábamos, cuando irrumpe una formación cuasifascista cuyos líderes provienen en buena medida del PP, partido de estado plenamente involucrado en la dinámica que antes describíamos. Y… ahora llegan amenazas de muerte contra Pablo Iglesias, su familia, el ministro de Interior y la directora de la guardia civil. Junto a más muestras de violencia: ataques con explosivos o artefactos incendiarios a centros de menores extranjeros, incremento de las agresiones homófobas y racistas, y ataques a sedes de partidos políticos (fundamentalmente IU (varias veces en Burgos) y Podemos.

Las derechas reaccionan con condenas llenas de “peros”. VOX responde con negacionismo, incluso acusando a las víctimas de inventarse los ataques. La policía y la justicia no dan ninguna muestra de tomarse en serio estas muestras de violencia, dada la escasa cantidad de atacantes detenidos y el exquisito trato a los pocos que son condenados, como el caso de los falangistas de Blanquerna que no entran en prisión. La prensa habla de “tensión entre extremos” repartiendo culpas por igual a víctimas y atacantes y continúa blanqueando y banalizando el fascismo en sus platós y titulares.

 

Dios mío, ¿qué está pasando?, se preguntan algunos, sorprendidos. ¿No condenábamos la violencia viniera de donde viniera?

 

PUES NO.

Eso siempre fue una patraña, una estrategia política y mediática de otra época para acabar con un adversario armado.

El estado, lleno de jueces y policías que simpatizan abiertamente con el franquismo y el fascismo, realizó un pacto con la prensa para combatir a toda la izquierda abertzale, no sólo a ETA. Por si alguno no lo conoce, aquello se llamó el Plan ZEN (Zona Especial Norte) , que recomendaba difundir manipulaciones, propaganda y mentiras a través de la prensa para fomentar la “colaboración ciudadana” en la lucha contra ETA y también minar la moral de la izquierda abertzale, su base y sus apoyos sociales. En otras palabras, engañar a la población. Tampoco era algo novedoso: la propaganda contrainsurgente en la era moderna tiene más de un siglo de existencia en todo el planeta.

El estado, y por supuesto el fascismo, sólo se oponen a la violencia que les confronta. Por el contrario, han fomentado otras violencias para acabar con sus rivales políticos, perfeccionar el control social de la clase obrera y por supuesto la invasión de otros territorios y su despojo para beneficio del capital. Y la prensa, mayoritariamente, es aliada en esta estrategia.

No hablemos sólo de la guerra contra Irak, en la que la movilización popular mundial obligó a sectores de la prensa y la política a pronunciarse contra ella, sino de otras agresiones como la de Libia en las que el estado español ha participado de una manera u otra y la prensa ha colocado un manto de silencio. O la actual guerra entre el pueblo saharaui y la monarquía alauita marroquí, en la que el estado español tiene una responsabilidad histórica. Tanto el gobierno como la oposición y la prensa callan lo posible y reparten culpas “por igual” entre la potencia colonial y el territorio ocupado por la fuerza y la población sometida. De nuevo, presentarse como un adalid de la paz y la superioridad moral mientras se ejerce y permite la violencia no es nada nuevo. Quizás el mejor ejemplo de fraude del imperialismo sea éste.

Así que no, ni la totalidad de los partidos políticos ni la prensa van a “condenar la violencia venga de donde venga” cuando Pablo Iglesias o incluso un ministro del PSOE reciben amenazas. Los afectados y sus aliados sí, evidentemente, pero otros partidos no.

Rocío Monasterio no pierde ni un solo votante acusando a Iglesias de inventarse las amenazas o ataques a las sedes de su partido. De hecho, sus bases están deseando que esa violencia continúe. En el PP ocurre algo similar en una parte de sus bases, que es la que VOX quiere arrebatarles, y en medio de toda la confrontación política y electoral Casado y Ayuso no quieren dejarse muchos pelos en la gatera. La prensa, parte de la cual aupó a Podemos en su día, hoy se muestra equidistante entre Pablo Iglesias y Monasterio. Continúa dando presencia a los fascistas en sus programas y evitando posicionarse.

Hablar de ilegalización de los fascistas por no condenar la violencia, o incluso por organizarla, es una quimera: ni la prensa va a crear el ambiente social necesario ni los altos tribunales van a hacerlo en ningún caso. La ley de partidos se fabricó “ad hoc” para ilegalizar Batasuna, sus sucesiones y el PCR. Un juez sincero nos diría “No podemos ilegalizar a VOX, no son rojos”.

Para acabar con el fascismo, debemos tomar partido, acabar con esa excrecencia moral de la equidistancia frente a la violencia y confrontarlo en las calles día a día, y señalar a la prensa que lo impulsa y blanquea. Lo de “apaciguar al fascismo” y dejarle hacer dio muy malos resultados en los años 30, como cualquiera sabe. Las democracias capitalistas favorecieron la expansión de Hitler negándose a pactar con Stalin para combatirlo antes de que estallara la segunda guerra mundial, obligando a éste último a firmar un pacto de no agresión con los nazis al ver que la Unión Soviética no iba a encontrar aliados contra el fascismo.

 

Y, volviendo a nuestro momento y contexto político, lo tenemos que tener claro. No es que “ahora la violencia ya no se condene”, es que siempre se ha condenado la violencia sólo si provenía de los opositores al estado, y nunca la de los cuerpos policiales, el ejército o los fascistas, que están encajonados en las estructuras de poder.

Resumido: en política cada uno condena la violencia que va contra sí mismo y sus intereses, salvo que a la mayor parte de la izquierda la engatusaron y engañaron durante décadas para que entrara en ese juego y callara ante otras violencias. La mayoría de la población desea evitar muertes por razones políticas, pero ningún fascista va a llorar cuando muera un oponente. Deberíamos volver a decir aquello de “Vosotros, fascistas, sois los terroristas”, recuperando la carga que tenía dicha consigna en el contexto en que se formuló.

Lo único novedoso y llamativo de este momento es que hay un ministro de Interior que no es capaz de evitar la impunidad de quienes le atacan a él y a sus socios de gobierno. Y eso sí que debería alarmanos, porque los fascistas lo saben perfectamente y no tienen ningún motivo para cejar en sus ataques; todo lo contrario, cada vez están más crecidos y pueden venir tiempos muy duros, con agresiones y ataques ultras muy frecuentes y también más muertes. También supone la venezolanización de la política española, con una oposición cada vez más dispuesta a la violencia e incluso el golpismo.

Y un peligro tal vez mayor, que aún puede conjurarse con acción política antifascista y sólo aplazarse con votos: cuando los decepcionantes gobiernos de coalición “progresista” fracasen electoralmente, la alternativa tendrá a VOX al cargo de varios ministerios.

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